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domingo, 21 de agosto de 2011

Excusas.


Nadie mejor que nosotros sabe si lo que hacemos es suficientemente bueno y si es el resultado de lo mejor que seríamos capaces de hacer, pero creo que nunca deberíamos de despreciar la crítica cuando el desenlace de nuestra tarea es negativo. El problema es que no somos capaces de reconocer lo que para el resto resulta obvio.
Es mucho más ilustrativo y moralizante, reconocer cuando algo de lo que haces simplemente no funciona, que justificarse, por ejemplo, en el mal gusto o falta de inteligencia de los demás o en la carencia de las herramientas apropiadas para llevarlo a cabo o en la impertinencia temporal de la propuesta (que hubiera triunfado sin duda en otro momento) o puestos ya explicar un fracaso, argumentar que resulta que ese día llovió o que salimos tarde de casa o que fuimos al dentista y nos mareamos... cualquier cosa para proclamar al mundo que, al contrario de lo que el mundo ve, nosotros no nos hemos equivocado.
Nunca-hay-que-dar-excusas. Estas palabras deberían estar grabadas a fuego en nuestros subconscientes. Nunca. Las excusas sólo sirven para certificar nuestra incompetencia. Es así de simple. Cuando tienes excusas o buscas una defensa, estás reconociendo un error y no esquivándolo, como se pretende. Al buen entendedor sólo le bastará escuchar una excusa, para saber que te defiendes de algo que no hiciste bien.

^^

¿Cómo podrías definir algo perfecto? Ni nada, ni nadie es perfecto. Ni siquiera las acciones ni los momentos y tampoco un día concreto. Además, ni por estar con unas personas u otras. Pero de lo que uno tiene que estar seguro, es que esas acciones y esas personas con las que lo hemos compartido, convierten esos momentos en únicos e irrepetibles.

Piensa en lo que tienes y no en lo que te falta.


Lo importante, cuando uno pretende cambiar algo en su vida con lo que no está de acuerdo, es meditar sobre ello. Intentar entender cuál puede ser el origen de un malestar o el porqué de la inquietud que sentimos. Qué es aquello con lo que no estamos conformes y que de repente (o no tan de repente), nos anima desde dentro a mover algo que creíamos bien cimentado. Tomarse tiempo para valorar lo que se siente y ver si tiene posible arreglo antes de emprender el camino del cambio, es fundamental.
Y también es crucial, no generar unas expectativas tan ambiciosas y perfectas sobre lo que vamos a encontrar una vez tomada la decisión del cambio, que nos veamos después defraudados e incluso peor que antes. A veces, cuando cambiamos algo, no cambia nada y conviene saberlo y es así porque las causas de la intranquilidad no estaban en lo que hemos cambiado. Así que con cuidado y a pensarlo bien.
El cambio no sólo se produce tratando de obligarse a cambiar, sino tomando conciencia de lo que no funciona.
Piensa en todo lo que tienes, no en todo lo que te falta. ¿Conformismo? ¿Resignación? ¿Sumisión? Nada de esto, sólo y tal vez, generosidad.
Muchas veces estamos tan pendientes de los logros por venir, de conseguir tal cosa o aquella otra, de alcanzar tal rango, estatus o privilegio, que nos olvidamos de valorar -y es un claro desprecio- lo que ya tenemos.
La vida es muy sabia y nunca deberíamos llegar a esta situación, pero a la vida sólo le haría falta un pequeño soplo adverso y hacer que desapareciera algo de lo que ahora no valoramos, para que de repente diéramos todo aquello que creíamos que nos faltaba a manos llenas, con tal de recuperar lo que se fue. ¿No es así?

sábado, 30 de julio de 2011

No hay segunda oportunidad para una primera impresión aunque debería haberla.


Somos tremendos. Nos solemos fiar únicamente de las apariencias para hacernos una idea sobre un asunto o lo que es peor, sobre una determinada persona a la que acabamos de conocer. ¿Cómo podemos ser tan soberbios para confiar en nuestra perspicacia natural y juzgar y etiquetar a alguien, sin tener ningún dato que nos corrobore que lo que estamos pensando tiene alguna apariencia en realidad?
Dicen algunos: “Es que mis intuiciones no fallan a la hora de conocer a una persona. Cuando me presentan a alguien, ya se muchas cosas sobre esa persona e incluso si me llevaré bien o mal con ella”.
¿Qué narices, objetivamente, podemos saber de un primer y fugaz encuentro? ¿Conocemos los sueños de esa persona? ¿Conocemos lo que le motiva, lo que le da pena, lo que le hace disfrutar o sufrir? ¿Conocemos cómo de tristes o alegres fueron sus años vividos? ¿Conocemos cómo ha llegado hasta dónde está y por qué caminos? ¿Conocemos adónde ha viajado y qué ha aprendido? ¿Conocemos en qué emplea su tiempo libre, con quién vive, quienes son sus amigos o si tiene muchos o pocos? ¿Conocemos qué opinión tiene sobre los temas que nos interesan? ¿Qué sabemos al respecto de su talento, de su inteligencia, de sus pasiones, de sus gustos …?
No sabemos nada en absoluto, pero ya le adjudicamos una etiqueta. A veces se rectifica, pero otras veces ni nos tomamos la molestia porque ya hemos llegado a una conclusión y nosotros nunca nos equivocamos.

domingo, 17 de julio de 2011

Preocupaciones.


Hay dos tipos de preocupaciones: las que tú puede hacer algo al respecto y las que no. No hay que perder tiempo con las segundas.
Dos tipos de preocupaciones y solamente un tipo en el cual podemos influir para cambiar las cosas. Por tanto, dice la más estricta lógica, preocuparse por el otro tipo -por el que no está a nuestro alcance cambiar- es inútil, tanto como hacer favores a un ingrato o como echar agua en el mar.
No somos para nada razonables. Pasamos una gran parte de la vida moviéndonos entre el futuro y el pasado. Utilizamos el retrovisor para el pasado, cuando preocuparse por él es tiempo perdido, ya que ni volverá, ni se puede restituir, ni se puede mutar en algo diferente a lo que ha sido, es y será ya para siempre. En el pasado viven los recuerdos, pero no nosotros. Quizá si alguien que se parecía mucho a nosotros, pero desde luego no quienes somos ahora mismo. Este es un típico caso de preocupación en la que no podemos intervenir.
Para asomarnos al futuro usamos el telescopio tratando de adivinar lo que nos deparará, preocupándonos de forma exagerada por ello y olvidándonos de que la vida no se aplaza a nuestro antojo y que hasta llegar hasta ese punto pequeño que observamos a lo lejos, hay que seguir viviendo plenamente cada día. Olvidemos también esa preocupación, porque es pagar un interés por los problemas antes de la fecha de vencimiento.
Es humano preocuparse, pero tengamos en cuenta que el presente ya se basta por sí mismo para generar suficientes problemas a resolver y además, el presente es el único tiempo verbal en el que de verdad podemos intervenir y resolver y ni siquiera con todas las cosas que nos ocurren.
Hoy es el mañana por el que tanto te preocupaste ayer. ¿Valió la pena?

Si tuvieras dos caras, ¿cuál usarías?


Pienso que es interesante saber sobre la autenticidad y sobre el hecho de ser auténtico, más allá de las apariencias o de las convenciones sociales establecidas.
Nos traicionamos sin duda a nosotros mismos, cuando formamos parte de algo ajeno, disimulamos lo que en realidad somos, para adaptarnos a lo que creemos que los demás quieren que seamos y que no tiene nada que ver con la esencia verdadera de nuestro ser. La vida se llena de esta forma de disimulos y de falsas apariencias y tal es así, que llegamos a pensar que sólo nos acabarán aceptando si mostramos una versión light, cuando no falsa, de nosotros mismos.
Y así nos vamos adaptando y nos volvemos serios, aunque seamos alegres o risueños cuando en realidad somos serios o aficionados a tal o cual cosa, aunque en realidad la odiemos y nos llegamos a vestir uniformemente al resto, aunque tengamos estilo propio y frecuentamos sitios en los que no nos sentimos cómodos o acabamos, en definitiva, haciendo cosas que no nos gusta hacer ...
Es el sentido de pertenencia. La necesidad que tenemos de compartir con otros, para ni estar, ni sentirnos solos. Eso no está mal, pero creo que deberíamos hacerlo sin traicionar lo que somos.
¿La receta?: ser auténticos. Ser nosotros mismos y no una pálida versión. Eso implica ser diferente sí, pero es que lo somos de hecho, y no sentir miedo por mostrarnos en realidad.
Las falsas apariencias son como los edificios, tarde o temprano se derrumban y se descubre el verdadero ser. Y es que todo resulta más fácil y nos sentimos mejor cuando nos comportamos con autenticidad. Cuando aparentamos ser otra cosa, se percibe siempre y algo por dentro nos dice que la persona que tenemos delante y que se comporta de determinada manera, no es realmente así.
Por lo menos a mi me ha pasado, que cuando he aprendido con los años a ser yo y a renunciar a lo que los demás puedan llegar a pensar de mi, es cuando mejor me he sentido. Es de lo más deseable que a uno le puede pasar y no me he perdido nada por ello, salvo lo que ha sido mejor perder. ¿No es positivo que los demás sepan siempre exactamente cómo eres y lo que pueden y no pueden esperar de ti?

jueves, 7 de julio de 2011

Trabas.

Una visión positiva de los asuntos no resuelve las cosas por sí mismas, pero ayuda lo suficiente como para poder encarar cualquier reto, aumentando con mucho las posibilidades de conseguir lo que nos hemos propuesto.
¿Son inevitables los obstáculos? Entiendo que lo son, porque nadie puede, perfectamente, llegar a pensar que en la vida todo transcurre siempre por autopistas perfectamente asfaltadas, sin tráfico, sin baches o sin curvas complicadas.
Ante los obstáculos: o verlos como una vía muerta y en la que acaba por tanto toda posibilidad de seguir o contemplarlos simplemente como una parte más de la travesía y tratar de aplicarse en su superación. ¿Qué haces tú ante ellos?
Reforzar la confianza y creer en nosotros mismos, es fundamental para hablar de superación y de tal manera, que en ello puede estar la diferencia entre dejar atrás el obstáculo o no poder con él.
Nos medimos ante los inconvenientes. Nos imaginamos en la adversidad y en los problemas y sólo nos reconocemos en toda nuestra capacidad, cuando intentamos dar solución a lo que aparentemente no la tiene.
Muchas veces nos ciega la impaciencia y pretendemos resultados no ya mañana, sino ahora mismo y con ello no comprendemos que a veces atravesar una roca que aparece como obstáculo en mitad del camino puede representar, aparte de un ejercicio pesado y monótono, largo en el tiempo. Pero la roca acaba siendo perforada por aquel que emplea suficiente paciencia y motivación en ello.

martes, 5 de julio de 2011

No me da la gana.

No sé lo que quiero hoy, ni lo que querré mañana. Realmente no sé si soy feliz con lo que tengo con lo que dejo de tener, si tengo lo que quiero o sólo quiero lo que tengo. No sé si voy por el buen camino o me torcí hace tiempo. 
Pero puedo decir sin dudas que disfruto de mi vida, que no voy a pensar en el futuro ni en el día de mañana. Puede que dentro de algunos años mi vida cambie radicalmente y mi mundo tal y como es ahora deje de tener sentido. Por eso quiero salirme del camino, hacerle caso al corazón y no a la razón. Porque me gusta mi mundo tal y como es ahora y quiero aprovecharlo por si se derrumba. Quiero equivocarme, como ya he hecho varias veces desde que propuse no hacerlo y dejar de escuchar eso de: ¿has pensado en lo que puede pasar después? Pues no, no lo he hecho y no me da la gana de hacerlo.

Odiar

¿Para qué sirve odiar?, ¿Cómo desahogo?, ¿Cómo venganza? Desde la más pura lógica y sin otras implicaciones, el odio es inservible. Envenena más a quien lo promueve, que a quien lo padece. Y no es que no arregle nada, sino que todo lo enturbia y lo violenta y su capacidad de construir es nula, puesto que justamente se basa en la destrucción.

Intentando encontrar razonamientos coherentes del por qué se odia a alguien, he dado más que con las razones que impulsan al odio, con lo que pasa en el cerebro de las personas que odian. Es decir, más con el qué ocurre, que el por qué ocurre. Pero tal vez ayude algo.
En cuanto al qué, un equipo de investigadores británicos, ha descubierto cuál es el circuito del odio observando mediante imágenes de resonancia magnética, el cerebro de 17 personas (hombres y mujeres) mientras veían fotos de rostros de personas por quienes sentían animadversión (cedidas por cada participante) y alternados con otras caras neutrales que no despertaban en ellos ningún tipo de sentimiento.
De esta forma vieron las áreas neuronales que se activan al odiar. La red que se pone en marcha con esta pasión irracional implica a dos regiones del cerebro, curiosamente las mismas que se activan en el amor romántico. Ambas pasiones comparten dos estructuras cerebrales, una semejanza mayor que la presentada con cualquier otra emoción.
Y esto sin duda es lo más llamativo del estudio. El amor puro y el odio cerval, comparten lugar en el cerebro. Somos sofisticados y complejos. El mayor bien conocido y una de las peores lacras del ser humano, no es que sean vecinos o conocidos… es que comparten la misma casa.
El odio, digámoslo, es accesorio, innecesario, inútil y resulta más devastador para quien lo siente, que para el que lo padece, que muchas veces ni se entera de esa fatal aversión que despierta. Ya se que habrá momentos o situaciones en los que inevitablemente lo sintamos llegar, pero hay que dejarlo pasar.

Nuestro mayor error: Cuando debemos pensar, sentimos; Cuando debemos sentir, pensamos.


Cuántas veces nos habremos llevado las manos a la cabeza en un claro gesto de impotencia, al comprobar que aquello que habíamos pensado (o malpensado), no era exactamente así.
No somos dioses, aunque algunos lo pretendan, como para ver más allá de las evidencias e interpretar y descifrar lo que no distinguimos nada más que parcialmente y, por tanto, no conocemos en toda su extensión.
Si te digo que las cosas no son exactamente como pensamos, seguro que estarás de acuerdo conmigo ya que eres lo suficientemente racional, pero eso no evitará que la próxima vez que tengas, bien la necesidad o bien la curiosidad de saber algo, trates de adivinar, en vez de atenerte a la evidencia de lo que de cierto ya sabes.
Vemos la realidad y llegamos a conclusiones precipitadas, porque queremos tener una opinión formada cuanto antes. Sin esperar a la resolución de los acontecimientos, o al menos a poseer algún indicio más que avale nuestra primera impresión.
No hay que olvidar que cada situación, conflicto o suceso, oculta secretos matices y que de conocerlos, cambiarían completamente nuestra perspectiva sobre ellos ... como hemos comprobado tantas veces.

Duerme para soñar*


Y así después de esperar tanto, un día como cualquier otro decidí triunfar ... decidí no esperar a las oportunidades sino yo misma buscarlas, decidí ver cada problema como la oportunidad de encontrar una solución, decidí ver cada desierto como la oportunidad de encontrar un oasis, decidí ver cada noche como un misterio a resolver, decidí ver cada día como una nueva oportunidad de ser feliz.
Aquel día descubrí que mi único rival no eran más que mis propias debilidades, y que en éstas, está la única y mejor forma de superarnos. Aquel día dejé de temer a perder y empecé a temer a no ganar, descubrí que no era yo la mejor y que quizás nunca lo fui. Me dejó de importar quién ganara o perdiera; ahora me importa simplemente saberme mejor que ayer.
Aprendí que lo difícil no es llegar a la cima, sino jamás dejar de subir. Aprendí que el mejor triunfo que puedo tener, es tener el derecho de llamar a alguien "Amigo".
Descubrí que el amor es más que un simple estado de enamoramiento, «el amor es una filosofía de vida». Aquel día dejé de ser un reflejo de mis escasos triunfos pasados y empecé a ser mi propia tenue luz de este presente; aprendí que de nada sirve ser luz si no vas a iluminar el camino de los demás.
Aquel día decidí cambiar tantas cosas ... Aquel día aprendí que los sueños son solamente para hacerse realidad.
Desde aquel día ya no duermo para descansar ... ahora simplemente duermo para soñar.

miércoles, 8 de junio de 2011

Solo disfruta!

La vida es un puzle en que hay que unir las piezas. Pero no se trata del tiempo que tardes, o de lo deprisa que vayas, lo importante es unirlas, no dejarlas en la caja por miedo a ver lo que forman, porque todo el empeño que pongas en unirlas merecerá la pena.
Y si no puedes solo, tus amigos estarán ahí para ayudarte, porque al fin y al cabo la vida es un juego, en el que solo hay dos opciones: jugar o jugar. El único inconveniente es que no hay instrucciones, hay que aprender a jugar solo. Tan solo hay una única regla: caer esta permitido, levantarse es una obligación. El juego dura dos horas contadas, el reloj de arena ya se ha dado la vuelta, disfruta cada minuto como si fuera el ultimo, DISFRUTA.
No hay nada mejor que una tarde con alguien especial, olvidándote de tu alrededor. Haciendo lo que más te gusta, ir de compras, mirando ropa, descubriendo la que será la próxima temporada. Otra opción, hacer el tonto sin parar, comer lacasitos, o lo que menos te esperas. Una de esas tardes en las que te lo pasas como nadie.

Echar de menos...

Dicen que en el verbo echar, lo primero que se echa es la H, y no.
En el verbo echar, lo primero que se echa es de menos. Se echa de menos a los que no están, a los que se fueron, quizá también a los que nunca estuvieron, incluso se llega a echar de menos por anticipado, por los que no estarán. A los ausentes, a los que viven lejos y a los que están tan cerca que ni les sientes. Se echan de menos a los que no se hacen ver, a los que no aparecen pero están. Te echas de menos a ti misma, y a los que ya no te rodean. Necesitar y no encontrar. Eso es echar de menos.

No te quedes colgado en el tiempo, disfruta del presente.

Mañana es sinónimo de un día menos. Ayer es el recuerdo de lo que fue y ya no será. Y el hoy es tan efímero que lo único que puedes hacer es poner tus sentidos para guardar en la memoria un tiempo que automáticamente se convertirá en pasado. Porque la vida es ver como en un abrir y cerrar de ojos el ahora se convierte en antes, y el después en ahora, para sucesivamente ir dejando todo atrás. Nos enfrentamos al tic-tac conscientes de que somos indefensos ante él, y aún así nos empeñamos en cargar a nuestra espalda el dolor que supone un tiempo que se nos va, un libro que nunca tendrá segunda parte o un punto y final que estamos obligados a escribir. Y poco a poco olvidamos que por mucho que lo intentemos es imposible volver al pasado, o cambiar el sentido de las agujas del reloj, borrar los errores que cometimos, o revivir un momento en el que nos gustaría habernos quedado para siempre: dejando escapar gran parte de nuestra vida buscando la manera de congelar el presente. Dejemos huella para aquellos que vengan, para que tracen una linea nueva y nuestro punto y final se convierta en un punto y seguido, para que cada vez que abramos el álbum de nuestra memoria nos sintamos orgullosos de lo que hemos hecho. Para poder decir algún día, que sentimos nostalgia por cada una de las sonrisas que hemos exprimido a lo largo de la vida. Porque lo importante no es el pudo haber sido y nunca fue, sino el puede ser, y seguro que así será.

Aprendí...

Aprendí que los peces nadan y la aves vuelan. Que los políticos mienten, que la Tierra es redonda. Que la gente es falsa, que todo el mundo tiene dos caras. 
Aprendí que la suma de dos y dos son cuatro, que hay que dar más de lo que se recibe. Que no hay que ilusionarse demasiado. Que la vida es un regalo. Me enseñaron que el futuro no está escrito, que el universo es infinito y que nosotros somos personitas diminutas, casi inexistentes. Aprendí que el tiempo pasa, que las arrugas salen y que la belleza no es lo más importante. Aprendí a no creer en las promesas, a confiar en casi nadie y a contar con los dedos de una mano a quien de verdad siempre estuvo a mi lado.

Porque 1 + 1 no siempre son 2.

Porque el blanco puede ser negro, porque el negro es la mezcla de todos los colores, porque lo más fácil no siempre es lo acertado, porque lo complicado a veces es más atractivo, porque lo atractivo no siempre tiene que ser bonito, porque un "no" a veces es un "sí", y un "sí" a veces es un "no" escondido, porque no es oro todo lo que reluce ni plata todo lo que no brilla, porque comer a veces no te quita el hambre y dormir no significa que descanses, porque estar rodeado de gente no significa estar acompañado, porque se puede soñar despierto, porque la gente cambia, y tú cambias con ellos, que la inmensa mayoría no son lo que aparentan lo acabaras viendo, y aceptando con el tiempo. Porque a veces los ojos hablan más que millones de palabras, porque a veces los silencios son mucho más que las palabras.


lunes, 23 de mayo de 2011

¿rutina o un proyecto nuevo?


Todo lo que me gustaría hacer trato de sacarlo del condicional y pasarlo a presente.
La semana por delante y en el mapa que nos guiará a través de ella, aparecen momentos repetidos con una cara muy definida y concreta en los que sabemos -sin necesidad de pensar demasiado- qué es lo que vamos a hacer casi con total exactitud.
Son todos aquellos instantes que forman parte de la rutina que hemos establecido en nuestras vidas y que mecánicamente vamos realizando sin salirnos en exceso del guión previsto. Será la ruta y el medio que escogemos cada día para ir a clases, el horario de descanso, a la misma hora en el mismo sitio, el almuerzo mañanero, generalmente lo mismo y en la misma cantidad, las tareas definidas que forman parte de nuestros hábitos, los saludos prototípicos con la misma gente con la que nos cruzamos cada día, incluso algunos temas que siempre se incorporan a nuestras conversaciones. La conclusión es que tenemos buena parte de nuestros días programados, medidos y tasados.
Necesitamos días estables en los que una cantidad precisa de cosas sean las que tienen que suceder y no otras. Necesitamos que los días se compongan de un número de sucesos predefinidos, porque lo contrario podría ser apasionante, pero imposible de sobrellevar. Un día y otro y otro más en el que todo resultará completamente diferente creo que acabaría con nuestra resistencia en poco tiempo.
Ahora bien, eso tampoco implica que no intentemos romper nunca la dinámica y no nos propongamos cambiar las pautas establecidas.
Todos tenemos cuentas pendientes con la vida. Cosas que nos gustaría hacer y que vamos posponiendo dándonos argumentos para justificarnos y salvar nuestra honrilla personal. Sueños y proyectos aplazados, incompletos, suspendidos, prorrogados, en trámite ... Hay que ponerse con ello y tratar de ir encajándolo en medio de la vida 'establecida'.



¿No es el momento? Nunca lo será si no decidimos un día concreto que ya está bien de soñar sin hacer y no establecemos un plan para ir tachando de la lista todas las cosas que hemos ido posponiendo. No tiene que resultar trágico, pero ya sabeís que esto de la vida tiene un límite.

Live you life.


Baila como si nadie te viera; canta como si nadie escuchara; ama como si nunca te hubieran herido.
No estaría de más adoptar esta vida como cotidiana norma de conducta y teniéndola como divisa, lanzarnos a exprimir la vida hasta lograr extraer de ella todo el zumo que contenga. Hasta la pulpa. Hasta su última gota. Sacándole todo el partido posible y aprovechando sus infinitas posibilidades. Sin timidices, rigideces ni prejuicios.
Los convencionalismos sociales (lo que está bien visto hacer) nos oprimen demasiadas veces y nos limitan de tal manera, que renunciamos a ser naturales, para adaptarnos a un entorno que no favorece la espontaneidad y así, vamos viviendo con el freno de mano puesto, convirtiéndonos en una pálida versión de lo que seríamos ... si nos dejaran demostrarlo.
No se trata de marcar una pose. Nada impide tanto ser natural como el deseo de parecerlo, pero tampoco de guardarnos dentro permanentemente las expresiones más sinceras de nuestro carácter.
Si tenemos la urgente necesidad de manifestar alegría; hagámoslo. O en la vertiente opuesta no ocultemos la tristeza en lágrimas solitarias. Cuando cantemos no lo hagamos en un susurro; probemos qué tal de fuerte es nuestra voz. Bailemos las danzas o los ritmos de la vida, como lo hacemos cuando estamos convencidos de que nadie nos observa.
Una de nuestras principales misiones es la de complacernos y eso implica que no deberíamos reprimir nuestros sentimientos permanentemente, ni tampoco articularlos de tal manera que no se parezcan en nada a lo que sentimos en realidad.

La prisa mata.


Tanta prisa tenemos por hacer, escribir y dejar oír nuestra voz en el silencio de la eternidad, que olvidamos lo único realmente importante: vivir.
Lo único que verdaderamente importa, es saborear cada pequeño o gran placer que nos proporciona la vida; con deleite, pausa y detalle y no impregnar en ese desorden de prisas y estrés que nos arrastra y que nos priva de recreos necesarios para el ánimo como los son la reflexión, el descanso y la serenidad, cuya carencia deriva inevitablemente en ansiedad. Y el problema que destaca la ansiedad es que es el componente principal de los problemas de estrés.
Algunos de los principales deseos que causan ansiedad podrían ser:
*El deseo de tener siempre el amor y admiración de toda la gente. Hay que asumir que habrá gente que no nos querrá, ni nos apreciará, ni nos admirará nunca. Es así, hagamos lo que hagamos. ¿Existe algún problema por ello?
*El deseo de ser enteramente competente todo el tiempo. Nadie lo es. Nadie es en todo momento perfecto y nadie es capaz de vivir sin cometer errores.
*La creencia de que factores externos son causa de todas las desgracias. No. Eso si que no. Lo más sensato y valiente es no buscar fuera las causas y las culpas de cuanto nos pasa y ser absolutamente responsables de la vida que vivimos en todos sus términos.
*El deseo de que las cosas sean siempre de la manera que queremos y que la gente siempre haga lo que deseamos. Una de las tareas más fatigosas e inútiles, es pretender que los demás hagan las cosas como nosotros exactamente pretendemos y agotador también resulta pensar que sólo es visión nuestra la forma de hacerlas.
*La creencia que las experiencias pasadas controlarán inevitablemente lo que sucederá en el futuro. Lo que hemos sido, lo que hemos tenido, lo que hemos vivido, no marca, si no queremos, lo que seremos, tendremos y viviremos en adelante.

 ¿Recrearse en el pasado y desanimarse o pensar en el futuro y seguir viviendo plenamente?

domingo, 15 de mayo de 2011

Con trocitos...

Puedo ser los viernes por la noche y tu los domingos a la mañana. Puedo ser Barbie y tu Ken, yo Julieta y tu Romeo. Puedo ser la improbabilidad de cualquier fenómeno meteorológico. Y ya ves, un día te quiero y a lo mejor al día siguiente no, puedo odiarte por la mañana y aparecer entre tus sábanas por la noche pidiéndote que me digas lo mucho que te gusto. Yo puedo quererte los días pares, y tu a mi los impares.